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textos

I'm a loser baby

el origen de nebraska

breve descriptor:

Problemas del primer mundo.

fecha:

27-09-2017

publicado por:

Raquel G. Ibáñez

link externo:

http://www.stormanddrunk.com/nebraska/

Son las siete de la mañana. Me levanto de golpe, porque soy consciente que si hago el amago de quedarme cinco minutos más las cosas se pondrán feas. Me coloco las mallas Kalenji del Decathlon con una mano mientras, con otra, voy ingiriendo un plátano como un autómata. Tengo dos mallas bonitas, de esas que te hacen sentir más cool cuando haces deporte pero que empiezo a intuir que la gente las usa para salir a la calle porque son bastante más inútiles ya que no tienen bolsillo interno, ni sujeción ninguna. Las Kalenji son un poco de iniciado A1 o de proletario del deporte, o de las dos cosas a la vez. Total, sudadera, toalla, agua, cartera y llaves. Cierro el portal y empieza a chispear, por suerte, no serán más de 3 minutos. Llego y después de la liturgia de todos los días comienzo a correr frente a esas dos enormes pantallas: las noticias en el canal 24h y la teletienda pasan frente a mis ojos mientras empiezo a jadear bajito con los mofletes rosas y la cara hinchada de recién levantada esquivando todos los espejos que envuelven la sala. Intento concentrarme en la música de mi mp3 pero entre canción y canción se cuela el reguetón sucio y machista que suena por el hilo musical “Porque tu eres solo mía y el lo tiene que entender ella solo chinga conmigo y aquí el cabrón es él” Ya llevo 15 minutos. Bárcenas, la remontada del Barça, la faja moldeadora, Urdangarín, la ola de calor,  miles de productos que llevan la palabra «fit» en el eslogan, en la pegatina, en el naming, la trama de Podemos, las portadas del ABC, los batidos proteicos milagrosos. "Modele su cuerpo en menos de 5 semanas" decían. Total, que paro la cinta y me bajo a territorio hostil de hombres y mujeres que parecen estar encantados consigo mismos y el panorama. Entre tanta maquinaria tonificadora, saludable y fit fit fit super fit cobijada bajo unos diseños dignos del toro de Falaris, me veo rodeada por sujetos resoplantes y pantallas de led con anuncios y mensajes motivacionales. “Ganar o fracasar. TODO DEPENDE DE TI”, “Date de alta en tu área personal y accede a distintos descuentos”, “Clases de Boxeo. Saca la luchadora que levas dentro” y, mi favorita de todas todas, una especie de suma en la que aparece “Sudor + sacrificio = éxito”.

 

La primera vez que me enfrente a esas pantallas me eché a reír mientras estaba en la elíptica y me atraganté con mi propia saliva. No podía parar la máquina así que seguí riéndome, atragantándome y poniendo gesto de estupefacción ante semejantes mensajes intentando salir del paso con relativa dignidad. La segunda vez pensé en uno de mis mejores amigos que dice que el agilipollamiento de la sociedad contemporánea, española para más concreción, se debe al fútbol pero, sobre todo, al gimnasio. Habla de los gimnasios con un rechazo y desprecio tan auténtico que me sobrecoge. La tercera empecé a darme cuenta que mi presencia y la presencia de mi culo talla 38-40, de mis brazos flácidos, de mi cara roja y las secuelas de mi lesión en el tobillo,  me configuraban como un elemento extraño, disruptivo y que, como tal, tenía que asumir mi misión de no caer, de no querer formar parte de esa comunidad, de no querer entender la neolengua de ese mastodóntico gimnasio. Durante la hora de mi entrenamiento pensé en mi situación en ese lugar y todas las dudas que sufrimos cíclicamente los seres humanos pero que no solemos compartir por Instagram:  que si el trabajo, los amigos, el amor, que qué hecho con mi vida, qué menuda cagada no haber previsto esto antes y meterme al conservatorio, a clases de chino y ruso en primero de la ESO, el bachillerato tecnológico qué se yo, que menuda faena mi generación que se comió lo peor de la crisis, que yo me equivoqué de familia al nacer y esas cosas. Cosas del primer mundo: existencialismo de gimnasio rodeado de mensajes motivacionales. Salgo sudada y con hambre a la calle. Pienso que es lunes y entonces ya, me hundo en la más absoluta oscuridad.

 

Hasta que de repente sucede una de esas cosas en las que se basa el Nebraska Club. Que si me olvido el tupper en casa, que si llevo el abono en la mano modo “llego tarde a trabajar”, que si el casco izquierdo de mi mp3 empieza a fallar y es ahí, mientras empiezo a desear rendirme o quemarlo todo, es cuando pasa: escucho una melodía que me golpea sin avisar. Un tipo está tocando con una flauta de pan “Loser” de Beck, con una destreza asquerosamente hipnótica. Siento cuatro avalanchas emocionales sobre mí: la primera de vergüenza ajena,  la segunda de no entender nada, la tercera de jodida admiración y la cuarta –mientras me paraba frente a él para escucharle y profundizar en mi drama vital- una extraña calma, la sensación de no estar tan sola.